El primer paquete permaneció tres días junto a los buzones. Iba dirigido a Emilio Santos, 5.º B. El edificio tenía cuatro plantas.
Nadie conocía a Emilio. El repartidor volvió, recogió la caja y se marchó. Una semana después aparecieron dos más. Luego una bolsa de comida para gato.
La presidenta, Nuria, preguntó en el grupo de vecinos. Nadie esperaba nada. Colocó una nota: «Esta dirección no existe. Los próximos envíos serán devueltos».
A la mañana siguiente alguien había escrito al dorso:
«Por favor, no lo hagan. Vivo aquí desde antes de que desapareciera el quinto».
La planta borrada
Nuria revisó el portal. No había escalera oculta ni puerta más allá del cuarto. La azotea solo contenía trasteros.
Una vecina mayor reconoció el apellido. Emilio era hijo del antiguo portero. De niño vivía con su familia en una pequeña vivienda bajo cubierta que se denominaba 5.º B. Durante una reforma, el piso se integró legalmente como parte de los trasteros y la familia se trasladó.
Emilio no vivía allí desde hacía cuarenta años.
La respuesta de la nota apareció porque él sí entraba en el edificio. Conservaba un trastero heredado y acudía temprano, antes de que los demás bajaran.
Lo encontraron ordenando cajas. Tenía setenta años y un gato llamado Nube.
La dirección había dejado de existir en los planos, pero seguía siendo el único lugar que Emilio sabía escribir de memoria.
Emilio explicó que había perdido su vivienda meses antes por un desahucio. Dormía temporalmente en casa de un amigo, donde no podía recibir correspondencia ni compras. Empezó a utilizar la dirección antigua porque todavía tenía llave del portal y porque algunas bases de datos postales aceptaban el 5.º B.
No quiso pedir ayuda a la comunidad. Pensaba que recoger cajas era distinto de ocupar un espacio.
Un buzón con nombre
Los vecinos debatieron qué hacer. Algunos querían prohibir entregas por seguridad. Otros señalaron que Emilio pagaba cuotas por el trastero y seguía siendo propietario de una parte del edificio.
Llegaron a un acuerdo sencillo: instalarían un buzón para él junto a los demás, identificado como «Trastero E. Santos», y los paquetes se dejarían dentro del cuarto cerrado cuando fuera posible. Emilio avisaría de las entregas y no utilizaría la dirección para empadronarse ni para trámites incompatibles.
Nuria también le puso en contacto con un servicio municipal de vivienda. Dos meses después consiguió alquilar una habitación estable.
Podría haber cambiado la dirección de sus compras, pero pidió conservar el buzón. Allí llegaban cartas de antiguos compañeros que solo conocían su domicilio de infancia.
El número vuelve al portal
El cartero aprendió pronto la historia. Los repartidores tardaron más. Nuria pegó una indicación discreta: «5.º B: depositar en buzón E. Santos».
La placa confundía a las visitas, que miraban la escalera buscando una planta adicional. Los vecinos respondían que existía, pero no de la forma habitual.
Cuando Emilio se mudó definitivamente, llevó una caja de bombones a la reunión de comunidad. Dijo que ya no necesitaba recibir paquetes allí. El buzón quedó vacío.
Nadie quiso retirarlo.
En el edificio continúan viviendo cuatro plantas y un número que solo aparece junto a la entrada. No conduce a una puerta. Conduce a la época en que la casa del portero estaba bajo el tejado y un niño aprendió una dirección que tardaría toda una vida en desaparecer.
El archivo municipal aceptó corregir una ficha que todavía describía la vivienda bajo cubierta como «ocupada». Emilio acudió con Nuria y aportó fotografías de su infancia. Gracias a ellas, el edificio documentó cómo era la quinta planta antes de la reforma y por qué el trastero conservaba una ventana clausurada.
Meses después llegó una carta al 5.º B. No era una compra ni un recibo, sino la invitación al aniversario de un antiguo compañero de Emilio. Nuria la guardó en el buzón y le envió una fotografía. Él pasó esa tarde a recogerla, aunque ya tenía una dirección nueva.
Antes de marcharse limpió la etiqueta del buzón. «No hace falta quitarlo», dijo. La comunidad estuvo de acuerdo. Algunas direcciones sirven para encontrar una casa; otras, para que una parte de la casa pueda encontrar a quien vivió allí.
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