El carpintero llamó a Inés para enseñarle una grieta. Habían retirado el fondo del armario del dormitorio y, bajo varias capas de pintura, aparecía el contorno de una puerta estrecha.

El picaporte estaba colocado al otro lado, pero un agujero permitía moverlo con un destornillador. Según el plano de la vivienda, detrás empezaba el piso vecino.

Inés llamó antes de abrir. La vecina acudió intrigada; su pared no tenía ninguna puerta.

La hoja cedió unos centímetros. Al otro lado había un pasillo oscuro que descendía entre ambos edificios.

Nombres en la pared

No entraron solas. Avisaron al administrador y a un arquitecto. El hueco tenía un metro de ancho y se prolongaba casi veinte metros. En las paredes aparecían números, flechas y títulos de películas: El apartamento, Charada, La dolce vita.

Un cable antiguo seguía con corriente.

Al final encontraron una sala pequeña con seis interruptores, una mesa metálica y rollos de papel. Cada interruptor llevaba el nombre de una película y una fecha de los años sesenta.

El arquitecto revisó archivos municipales. Antes de construirse las viviendas, el solar contiguo albergaba el Cine Avenida. El edificio de Inés era entonces una pensión. Los dos negocios compartían una red de pasillos de servicio que permitía acceder a la parte trasera de la pantalla y a los cuadros eléctricos.

La puerta no conducía a la casa del vecino. Conducía a un edificio que había desaparecido dejando sus corredores dentro del siguiente.

El cine fue demolido en 1974. La nueva promoción aprovechó algunos muros y tapiaron los accesos. La habitación del armario había sido la del encargado de mantenimiento.

Los seis interruptores

Quedaba una pregunta: por qué el cable seguía activo.

Un electricista descubrió que una reforma de 1998 había conectado por error el pasillo a la iluminación de emergencia del portal. Los interruptores ya no controlaban nada, salvo uno. Al pulsarlo se apagó un piloto rojo en el cuarto de contadores.

No era un mecanismo secreto. Era una derivación mal etiquetada.

En los rollos de papel había esquemas de cambios de luz para los descansos de las películas. El encargado anotaba cuándo encender los pasillos, iluminar el cartel y preparar la salida. Los títulos no eran contraseñas, sino turnos.

La comunidad cortó la corriente y aseguró el espacio. El pasillo no cumplía condiciones para abrirlo al público y atravesaba límites de propiedad confusos. Durante unas semanas, los vecinos discutieron si cerrarlo para siempre.

Una ventana al pasillo

Inés no quería conservar una puerta accesible desde el dormitorio. Tampoco quería volver a ocultarla como si nunca hubiera existido. El carpintero construyó un panel fijo con una pequeña ventana de vidrio y una luz independiente.

Desde el armario se ve ahora el primer tramo del corredor y una flecha que señala hacia Charada. Una placa explica la historia del Cine Avenida.

Los papeles se entregaron al archivo local. Una asociación encontró fotografías de la fachada y el testimonio de un antiguo proyeccionista. Él confirmó que el encargado dormía a veces en la pensión y utilizaba aquella puerta para cruzar sin salir a la calle.

Inés terminó la reforma. El armario nuevo tiene menos fondo del previsto, pero cualquier visita acaba preguntando por la ventana.

Cuando apaga la luz del dormitorio, el pasillo queda oscuro. Ya no hay cable activo ni interruptores misteriosos.

Solo una puerta que los planos nuevos incorporaron por fin, aunque conduzca a un lugar que ya no existe.

El archivo local organizó una proyección de Charada en un centro cultural cercano. Invitó a vecinos, historiadores y al antiguo proyeccionista. Antes de la película mostraron los esquemas recuperados y simularon el encendido de pasillos que indicaban las notas. Inés reconoció el orden de los interruptores que había visto en la sala.

Una mujer del público llevó una entrada del Cine Avenida guardada por su madre. El número de butaca coincidía con una anotación a lápiz en uno de los rollos. No revelaba ningún secreto, pero permitió fechar una reparación y añadir un nombre al expediente.

La comunidad decidió revisar la ventana del armario una vez al año para comprobar humedad y estabilidad. La inspección siempre atrae a más voluntarios de los necesarios. Nadie espera encontrar otra habitación. Aun así, cuando el panel se abre y la linterna ilumina la flecha, todos miran un poco más allá, hacia el lugar donde el corredor desaparece bajo el edificio nuevo.

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