Víctor llegó diez minutos tarde y dejó una novela amarillenta sobre la mesa del café. Se disculpó señalando una bolsa de libros: había encontrado un puesto de segunda mano en la plaza y había perdido la noción del tiempo.
A Nora le gustó aquella explicación. Era su segunda cita y todavía estaban en la fase de encontrar detalles que justificaran una tercera.
Mientras Víctor pedía, ella hojeó el libro. En la página 34 encontró una línea subrayada en verde. Junto al párrafo había un triángulo diminuto, dibujado con bolígrafo.
Nora dejó de escuchar la máquina de café.
Pasó tres páginas. Otra línea verde. Otro triángulo. En la esquina superior, una fecha: 18/10/11.
La letra era suya.
Un objeto imposible
Nora había leído aquella novela en su primer año de universidad. La llevaba a todas partes y escribía en los márgenes como si discutiera con el autor. Recordaba incluso una mancha de chocolate en el capítulo siete. La mancha seguía allí.
El libro había desaparecido durante una mudanza. Quince años después, un hombre al que acababa de conocer lo había comprado a siete calles de su casa.
Víctor pensó que era una broma cuando ella se lo explicó. Después Nora escribió su nombre en una servilleta y lo compararon con la dedicatoria de la primera página: «Para Nora, que siempre llega al final. Mamá».
—Esto mejora bastante la cita —dijo él.
Nora sonrió, pero aún no había llegado a la última página.
Allí había escrito algo la noche en que decidió abandonar Arquitectura. No era una frase sobre el libro, sino una confesión apretada en el espacio en blanco: «Si algún día vuelvo a encontrar esto, espero haber aprendido a no vivir la vida que otros eligieron por mí».
Quince años después, la pregunta no era cómo había vuelto el libro. La pregunta era si ella había cumplido lo que se prometió.
Víctor cerró la novela sin leer en voz alta. Le dijo que podía quedársela. Nora respondió que no estaba segura de quererla.
El recorrido del libro
La curiosidad terminó ganando. Volvieron al puesto y preguntaron al vendedor de dónde procedía la caja. El hombre conservaba una libreta con las compras del día: había adquirido veinte libros a una mujer llamada Alicia, que vaciaba un antiguo piso de estudiantes.
Alicia era la compañera con la que Nora había vivido en 2011.
Consiguieron localizarla a través de una asociación del barrio. Alicia se acordaba del libro y se acordaba de la mudanza. Lo había encontrado bajo un radiador después de que Nora se marchara. Intentó llamarla, pero Nora acababa de cambiar de número. Guardó la novela en una caja con la idea de devolverla algún día. La caja viajó por tres pisos, dos ciudades y una separación. Al final terminó en el mercadillo.
La casualidad era menos mágica de lo que parecía, aunque no por eso resultaba menos improbable.
Nora y Víctor se quedaron hablando con Alicia durante una hora. Ella contó historias de la universidad que Nora no recordaba y otra que sí: la mañana posterior a aquella nota, Nora se matriculó en un curso de ilustración sin decírselo a su padre.
No dejó Arquitectura. Terminó la carrera, trabajó doce años en un estudio y se convirtió en la persona que decía que había querido evitar. Dibujaba solo en vacaciones.
Una tercera cita distinta
Víctor no trató de convertir la coincidencia en una señal romántica. No dijo que el universo los hubiera unido ni que el libro estuviera destinado a regresar. Le preguntó algo mucho más útil:
—¿Qué dibujarías mañana si tuvieras la tarde libre?
Nora contestó que fachadas. Siempre fachadas, pero deformadas, con ventanas en lugares imposibles.
La tercera cita fue en una papelería. Compraron un cuaderno de tapas verdes y se sentaron en una plaza a dibujar edificios. Víctor era pésimo. Nora llevaba años diciendo que estaba oxidada, pero a los veinte minutos ya no podía parar.
No dejaron sus trabajos ni se mudaron a París. La vida no cambió de golpe por una novela encontrada. Cambió de forma menos cinematográfica: Nora reservó dos tardes a la semana para ilustrar. Abrió una cuenta donde publicaba sus fachadas imposibles. Al cabo de un año, una editorial pequeña le encargó una portada.
Ella y Víctor siguieron viéndose. El libro permanece en una balda de su salón, dentro de una funda transparente que él compró para que no se deshiciera.
En la última página, debajo de la nota de 2011, Nora añadió otra:
«Volvió cuando más falta hacía. El libro, quiero decir. Lo demás llegó por su cuenta».
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