Las flores aparecieron por primera vez un 23 de enero. Un ramo pequeño de margaritas y fresias, envuelto en papel marrón, sin tarjeta. Lucía pensó que el mensaje se había perdido y publicó una foto en el grupo familiar.

Nadie se dio por aludido.

El 23 de febrero llegó otro. Tulipanes amarillos. El repartidor solo pidió una firma.

Andrés bromeó con la existencia de un admirador secreto, pero la broma le salió rígida. Colocó el ramo en la cocina y esa noche cambió el agua dos veces.

En marzo llegaron lirios. En abril, peonías.

Lucía empezó a esperar el día 23 con una mezcla de curiosidad y fastidio. Llamó a varias floristerías. Todas se negaron a revelar datos del cliente. Era comprensible, aunque no ayudaba.

Una factura vieja

Andrés nunca preguntaba quién podía enviarlas. Tampoco parecía celoso. Miraba cada ramo como se mira un reloj que va atrasado: sabiendo que marcará algo inevitable.

Lucía encontró la factura por casualidad, buscando una tarjeta del supermercado en su cartera. Procedía de la misma floristería del último reparto. El concepto decía «programación anual» y la fecha era de tres años antes de que se conocieran.

Cuando Andrés volvió a casa, ella puso la factura junto al jarrón.

—Si las mandas tú, necesito entender por qué finges que no.

Él tardó tanto en contestar que Lucía dejó de pensar en una sorpresa romántica.

Las flores no las había encargado Andrés. Las había encargado Elena, su hermana.

El misterio de los ramos no estaba en el nombre que faltaba, sino en la persona que ya no podía escribirlo.

Elena murió dos años antes de que Lucía y Andrés se conocieran. Tenía treinta y uno y una enfermedad que avanzó más rápido de lo previsto. Durante sus últimos meses organizó pequeñas cosas para sus padres y su hermano: cartas para cumpleaños, grabaciones y un pedido periódico de flores.

Los ramos no eran para Lucía. Debían llegar a casa de Andrés el día 23, fecha en la que los dos hermanos celebraban una absurda tradición: comprar flores para decorar el piso compartido aunque ninguno supiera cuidarlas.

Una dirección que cambió

Después de la muerte de Elena, Andrés se mudó tres veces. La floristería actualizaba la dirección cuando él llamaba. Al irse a vivir con Lucía, volvió a hacerlo, pero no explicó el motivo. Pensó que los pedidos terminarían al cumplirse los dos años pagados por su hermana.

No terminaron.

Elena había contratado cinco.

Andrés confesó que cada ramo le producía un enfado difícil de admitir. Le gustaba recibir algo de su hermana, pero odiaba que una empresa pudiera traerla de vuelta puntualmente mientras él no controlaba cuándo aparecía el duelo. Tampoco sabía cómo contarle a Lucía una parte de su vida que llevaba años guardada en una caja.

Lucía comprendió algunas cosas: por qué en casa no había fotos de la infancia, por qué Andrés evitaba las floristerías y por qué el 23 de cada mes dormía peor.

No le molestó que los ramos no fueran para ella. Le molestó que él hubiera decidido vivir aquello solo.

Cambiar el encargo

Fueron juntos a la floristería. La dueña conocía la historia porque Elena había dejado instrucciones precisas. Andrés podía cancelar el pedido en cualquier momento. El dinero restante se devolvería a una asociación.

En lugar de cancelarlo, cambió una condición: los ramos llegarían cada tres meses, no cada mes. El resto del importe se destinaría igualmente a la asociación. También pidió que incluyeran una tarjeta con una frase sencilla: «De parte de Elena».

El siguiente envío llegó en junio. Lucía no buscó al remitente y Andrés no apartó las flores. Colocaron el ramo en el salón, junto a una fotografía que él había sacado por fin de la caja.

En ella, Elena sostenía un cactus completamente seco y reía hacia la cámara.

Andrés explicó que aquel había sido su primer intento de decorar el piso. Después contó una historia, y luego otra. Lucía descubrió a una mujer que llegaba tarde, discutía con taxistas y compraba flores aunque no supiera distinguir una rosa de una dalia.

Los ramos dejaron de ser anónimos.

No porque la floristería revelara el nombre, sino porque Andrés dejó de esconderlo.

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